Aunque no siempre funciona a pleno rendimiento, su brutal combate y ambición consiguen que Doom: The Dark Ages sea una entrega muy notable dentro de la popular franquicia.
Las secuelas, precuelas y demás variantes de las iteraciones de nuestras sagas favoritas forman parte de un tema recurrente de estas, vuestras introducciones favoritas: es todo un arte saber continuar una franquicia mientras se innova y no se pierde la esencia de la misma. Pese a que ya había ciertos elementos del género pululando por el inconsciente colectivo, no andaríamos lejos de la verdad si afirmáramos que id Software asentó las bases del FPS moderno gracias a títulos como Wolfenstein 3D o, sobre todo, Doom. El estudio liderado por Carmack y Romero consiguió hacer algo similar a llegar al Comité Olímpico y decir “chavales, acabamos de crear un deporte nuevo: El Fútbol™”. Sólo el paso del tiempo ha sabido medir tanto la influencia como la magnitud de aquellas obras y la miríada de imitadores y seguidores que salieron al amparo de ese nuevo género, pero claro, id Software ni podía ni quería dormirse en los laureles.
Tan secuela como precuela, Doom: The Dark Ages nos ubica en medio de un enfrentamiento entre, cómo no, las fuerzas demoníacas y las filas de una frágil alianza integrada por los Night Sentinels y los Maykrs. Estos últimos custodian – aunque es más correcto decir que retienen como buenamente pueden – a nuestro querido Slayer, un arma bípeda de destrucción masiva que despliegan sobre el campo de batalla cuando las cosas se ponen feas. Y teniendo en cuenta que los escenarios estarán llenos de demonios, titanes, mechas y demás bichos de mal vivir y peores intenciones, no tardaremos mucho en pasar a la acción.

Una acción que, digámoslo desde ya, tiene la intención de ser mucho más directa, brutal y visceral que la de sus antecesores, si es que eso es posible. A esa sensación contribuye, y mucho, una aproximación al combate que se centra muchísimo en el empleo del escudo como una de las herramientas principales sobre las cuales articular nuestra estrategia ofensiva y defensiva. Hay armas, claro, como en todos los Doom, pero la panoplia de The Dark Ages está mucho más cerca de ser la visión power-metalera y pasada de rosca del arsenal de las dos entregas anteriores que de ofrecer una alineación innovadora de instrumentos para la destrucción demoníaca. Pero tampoco hemos de llevarnos las manos a la cabeza, puesto que este hecho, lejos de ser un punto negativo, nos entrega triunfos como las Trituradoras de Calaveras – no se llaman así, pero ya me entendéis – o una escopeta de dos cañones tan devastadora a corta distancia que sólo a base de estacazos enemigos aprenderemos a emplearla con la mesura debida. Con estos antecedentes, uno podría pensar que teniendo a nuestro alcance semejante despliegue armamentístico el uso de un elemento tan intrínsecamente defensivo como el escudo podría resultar contraintuitivo, pero, sin embargo, las dinámicas del combate de The Dark Ages se empeñan en demostrar lo contrario. Es cierto que el movimiento del Slayer es algo más pesado para acompasarlo a esta nueva configuración, y aunque no tendremos doble salto ni una esquiva per se, la capacidad de cargar con nuestro escudo hacia cualquier oponente que fijemos en el campo de batalla hará que pasemos de estar protegiéndonos de los proyectiles enemigos a desmembrar al incauto más cercano en un abrir y cerrar de ojos.
Nuestro Veredicto
En última instancia, queda claro que Doom: The Dark Ages no es el triunfo incontestable que fueron sus antecesores. Su innegable ambición, tanto en su planteamiento jugable como en el resto de sus aspectos, da lugar a un espectacular y divertidísimo sistema de combate que no siempre encuentra el debido reflejo en algunos niveles cuya amplitud debía funcionar en la teoría pero no termina de hacerlo del todo en la práctica.
Lo Bueno
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- 2
- 3
Lo Malo
- 4
- 5
- 6
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Jugabilidad
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Historia
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Gráficos
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Producción
